UN MES INOLVIDABLE…
Ya en el
autobús que me llevaba a Yerushalaim, miré hacia atrás, recapitulando todas las
emociones sentidas durante esta increíble experiencia, mi voluntariado en el
Centro Médico Universitario Rambam.
Mientras
contemplaba absorta aquella preciosa puesta de Sol, las casas iban
desapareciendo de mi vista. En contraste a la gris carretera que surgía lentamente
ante mí, coloridos recuerdos de todo lo recientemente vivido, fueron
apareciendo en mi mente.
Todo
empezó hace unos meses, cuando ya casi decidida a estudiar psicología y en
busca de una experiencia vital que confirmara mi decisión, la Asociación Médica
Judía Rambam en España me ofreció la posibilidad de voluntarizarme en el Centro
Médico Universitario Rambam, en la ciudad de Haifa, Israel; concretamente en el
área de Psicología del Departamento de Hemato-Oncología Infantil.
Recuerdo
como llegué al hospital el primer día: llena de temores e ilusiones, de dudas y
esperanzas, de alegría y, lo más importante, con mucha fuerza para entregarme
plenamente al proyecto.
Me
recibió, rebosante de cariño y dedicación, la directora del área de Psicología
donde me había voluntarizado, la doctora Elena Krivoy. Tras conversar con ella brevemente
y que me explicara la distribución de los diferentes espacios de la planta, se
vio obligada a salir para asistir a una reunión. Antes de despedirse, me
recomendó encarecidamente que empezara a visitar a los niños enfermos de cáncer
que se encontraban allí mismo internados, tanto en sus habitaciones como en las
diferentes salas comunes.
Esta
sugerencia se convirtió en todo un reto para mí. Poder llegar a alguna
habitación y conseguir hablar en hebreo con las personas que allí pudieran
encontrarse, me parecía una misión casi imposible. Para los que no me conocen confesaré
que, aunque habitualmente soy una persona muy extrovertida, cuando estoy en un
medio desconocido me retraigo tímidamente. Este era exactamente el caso.
Respiré profundamente. Sabía que había llegado
la hora de superarme, de dejar atrás ese miedo que, en el fondo, no era más que
temor a un posible rechazo por parte de los niños con los que iba a trabajar.
Tenía mucho miedo de que ellos me percibieran como alguien ajeno y fuera de
lugar, pero mi reto me esperaba… y yo me resistía a aceptarlo.
Transcurrieron
unos largos minutos en aquella lucha interna hasta que conseguí llamar a la
primera puerta. Al entrar en la habitación, una frase de la Doctora Krivoy todavía
resonaba en mis oídos, palabras que me acompañarán toda mi vida: “Recuerda, Ada
Hanna, que no son niños enfermos, sino niños con enfermedad”. Una pequeña
diferencia gramatical que transforma por completo la percepción de la realidad:
el enfoque de esta enfermedad como algo pasajero y no como intrínsecamente
personal.
Y así
fue como, poco a poco, empecé a conocer a muchos de los niños que estaban
internados en ese momento allí. Cada uno era un mundo entero, un mundo lleno de
energía, de amor que ofrecer y alegría infantil, de una infinita belleza
interior, de enormes fuerzas con las que luchar para seguir adelante…
Cada día me levantaba muy temprano con la
motivación de poder volverles a ver, con la ilusión de llegar nuevamente al
hospital y compartir con alegría un tiempo más con ellos, poder aprender de
ellos lecciones que perdurarían por siempre en mí, lecciones para toda la vida.
Una de
las cosas con las que más me sorprendieron los niños, fue la ternura y el
cariño con el que me acogieron en todo momento. Desde el principio me dejaron
conocer su mundo interior, me contaron sus historias de vida, sus proyectos de
futuro, compartiendo sus miedos y temores presentes. Siempre que entraba a sus
habitaciones, me recibían con la mayor
alegría que podría haber esperado, me contaban de su día a día, sus buenas
noticias y las no tan buenas. Vivíamos juntos las emociones cada segundo, con
la intriga de ver qué sucedería al día siguiente y siempre con la esperanza de
que pronto se terminara aquella pesadilla por la que estaban pasando.
DILEMAS DE LOS PADRES
Después
de un agotador día en el hospital, fui a despedirme de los niños que estaban
internados con un alegre y jovial “¡Hasta mañana!”. De pronto, cuando ya estaba
entrando en el ascensor, escuché una voz que me llamaba. Al girarme, vi a un
padre que corría hacia mí con la esperanza de alcanzarme para poder hablar
conmigo antes de que me fuera.
“Gracias,
gracias por todo…”, empezó a decirme. Pero yo no entendía nada de lo que estaba
sucediendo. ¿No era yo la que debía estar agradecida? Este trabajo como
voluntaria me estaba mejorando como
persona, como Bat Israel, como chica de 17 años que tiene mucho que aprender de
los demás, muchísimo. Y ahí me encontraba yo, escuchando unas “Gracias” que,
por lo que parecía, iban dirigidas a mí.
Le
pregunté el motivo de que me agradeciera ya que, sinceramente, no creía que lo
hubiera. Su respuesta me ayudó a comprender un aspecto de lo que conlleva la
aparición de un cáncer en las familias. Un aspecto importante del que nunca
antes me había percatado, el dilema de los padres. Me gustaría ejemplificarlo:
Era una
familia alegre y feliz, con sus retos del día a día, con sus sueños e ilusiones,
con sus dificultades y problemas pero, al fin y al cabo, una familia más a la que
todos consideraríamos dentro de la normalidad. Eran cinco miembros en la casa: el
papá, que trabajaba como agente comercial y la mamá, que era profesora, una
hija de seis años, un niño de cuatro y el bebé recién nacido.
De
pronto la enfermedad golpeó con toda su fuerza al niño, que en ese momento solo
tenía cuatro años. La familia entera empezó a sufrir el impacto. Su mundo se
desvaneció rompiéndose en pedacitos que desaparecieron, tragados por el mar de
la angustia que ahora llenaba sus vidas.
Cáncer.
Tan lejos que quedaba antes esa palabra
de su cotidianidad, tan fuera de sus mentes y de sus corazones, ahora parecía
abarcarlo todo, hasta el infinito. Una pregunta resonaba cada segundo en sus
pensamientos: ¿Por qué? ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué ahora?
Mientras
estas preguntas seguían martilleando de continuo en sus mentes, el tiempo pasaba
inexorablemente y los tratamientos empezaron con toda su intensidad,
desbordando a la familia. Al menos uno de los padres tendría que seguir
trabajando para poder mantenerse económicamente. El otro, debería estar con el
niño enfermo que ahora se encontraba internado en el hospital para apoyarle y
brindarle seguridad. Pero alguien tendría que quedarse al cuidado de la hija mayor
y del bebé recién nacido, el cual además tenía prácticamente prohibido entrar
en esa sección del hospital…
Cruel
angustia era aquella en la que empezaron a adentrarse, ¿Cómo distribuir todas
las responsabilidades del momento? ¿Cómo poder soportar el dolor de saber el
terrible diagnóstico? ¿Cómo afrontar los peligros que entraña esta temible enfermedad?
Y, lo
que es más duro y difícil todavía, ¿Cómo seguir sonriendo? ¿Cómo transmitir en
todo momento la calma que necesitan sus hijos? ¿Cómo infundirles la alegría, el
amor y la fuerza necesarios para seguir adelante?
Es
realmente un dilema asumir responsablemente funciones tan diversas solo entre
dos personas. Una gran prueba para ambos padres es la de mantener, en esas difíciles
circunstancias, la serenidad y el optimismo, imprescindibles para abarcar todas
las necesidades del momento.
Aquel
padre de familia vino a agradecerme porque, con mi presencia allí, le daba la
oportunidad de poder salir del hospital a tomar una bocanada de aire fresco,
tras estar confinado días enteros al cuidado de su hijo o, sencillamente, poder
salir a comprar algo de comida para sustentarse y así, seguir acompañando
constantemente al niño en su internamiento. Me agradecía porque esos breves
momentos de descanso le dieron la fuerza para seguir adelante sin rendirse al
cansancio; me agradecía porque mi ayuda le infundía renovadas esperanzas,
ilusiones y alegría en esos momentos tan difíciles.
Hasta aquella
clarificadora conversación nunca había visto, desde esta perspectiva, la
problemática familiar que conlleva el cáncer. Anteriormente, solía pensar
únicamente en el niño que estaba sufriendo la enfermedad. En el pasado, nunca me
había dado cuenta de la tremenda prueba por la que también pasan los padres, y
que tal vez sea incluso más grande que la de su propio hijo enfermo.
Por ello
pensé en la importancia de explicarlo desde mi limitado punto de vista;
compartirlo para que, también las personas ajenas a estos grandes conflictos
internos y a estas duras batallas por las que pasan a diario tantas familias,
puedan concienciarse y motivarse a ayudar.
Así
pues, les animo a involucrarse personalmente aportando su granito de apoyo,
cariño y fortaleza a estas familias ya tan extenuadas. Y lo hago porque aquel
día entendí que, aunque pensemos que nuestra presencia en estas situaciones no
sería relevante, en realidad cuenta muchísimo cada segundo que estemos con
estos niños y con sus padres.
Ahora
puedo asegurar que, en esta batalla contra la despiadada muerte, cada detalle
cuenta. En ocasiones, una simple palabra puede hacer la diferencia.
CELEBRANDO JUNTOS UN AÑO MÁS DE VIDA
La
mayoría de las personas que viven en España, mal influenciadas por los medios
de comunicación social, suelen tener
falseada la realidad cotidiana de Israel. Por lo general, se imaginan a la
gente tiroteándose en las calles, cientos de muertos abandonados por doquier, y
un ambiente tenso por el odio entre lo árabe y lo judío.
Cuando algún
osado turista llega a este moderno y avanzado país, se sorprende mucho al
comprobar que esta imagen preconcebida es totalmente incorrecta. Con gran
asombro disfruta de una nación en pleno desarrollo, donde la convivencia y el
respeto son la base de la educación; una sociedad en la que muchas culturas pueden
convivir día a día en forma armoniosa. En este sentido, la experiencia que viví
celebrando una fiesta de cumpleaños en el Hospital Rambam, superó todas mis
expectativas.
Debido a
que, por desgracia, hay muchos niños hospitalizados y sería muy difícil
preparar para cada uno de ellos una gran fiesta de aniversario, todos los niños
que cumplen ese mes lo celebran juntos en un día determinado. Ese día llega al
hospital un animador (ya sea cantante, artista, prestidigitador…) asegurando la
diversión y el disfrute máximo de su día especial con alguna actividad
realmente bonita. Además se prepara una tarta por cada niño que festeja y, por
supuesto, muchas sorpresas para todos.
Se
podría llegar a pensar que, para prevenir “problemas entre culturas”, sería más
oportuno celebrar por separado los cumpleaños de los niños judíos y árabes, con
excusas tales como las diferentes reglas alimenticias o los ritos religiosos
que cada uno practica. Pero la realidad es que en el Hospital Rambam estos
niños lo celebran juntos, cantando todos en cada uno de los idiomas que están
presentes el “cumpleaños feliz”, sin importar que sea en ruso, en árabe, en
hebreo o en español… Tras lo cual soplan las velitas y, sin dejar de cantar
alegremente, disfrutan repartiendo las tartas en función de las costumbres
alimenticias de cada uno, ya sea Halal o Kosher.
Para mí
fue muy especial sentir a estos dos mundos tan diferentes, desbordando alegría
juntos, unidos por la emoción de celebrar que pudieron vivir otro día más, otro
mes, otro año. Y lo fue tanto, que hasta hoy aún siguen resonando en mi
interior las canciones y las risas que allí escuché.
Con mis
propios ojos pude observar como aquellos padres, unidos por la felicidad de ver
a sus hijos vivos, consiguieron dejar de lado todas sus diferencias en esa
situación de extrema dificultad. Sin pretenderlo, ellos me dieron una lección
que todos podríamos tomar como ejemplo para aplicarlo en nuestra propia vida.
Dejar de
una vez todas nuestras diferencias de lado, ser capaces de poner la perspectiva
necesaria para sobrepasarlas, ya sean en la forma de pensar, en el idioma que
hablamos, en la cultura en que crecimos o en las cuestiones religiosas. Entender
que, con el respeto como base imprescindible, podemos aprender a dar lo mejor
de cada uno, podemos lograr la convivencia a la que tanto aspiramos como seres
humanos. Así seremos capaces de unirnos para celebrar la vida, con la alegría
que trae la paz.
ALEGRIAS DE CURACIÓN
Finalizando
ya el mes de mi trabajo voluntario en el hospital, un día me sorprendió la
visita inesperada de una niña, la cual no estaba internada en ese momento.
Ella
había estado muy grave por causa de un tumor cerebral que se volvió a reproducir,
hasta el punto de llegar a estar prácticamente inconsciente y, por supuesto,
casi totalmente paralizada. Pero, por una serie de milagros médicos
consecutivos y contra todo pronóstico, había empezado a mejorar. Lentamente
había ido recuperando facultades como el habla y el movimiento, para alegría y
regocijo de todos.
Ese día
vino a verme de imprevisto, iluminando todo el pasillo con su sonrisa desde su
silla de ruedas. Con un esfuerzo extremo
pero sin dejar de reír, se levantó orgullosa y vino tambaleándose hacia mí,
gritando a cada paso que conseguía dar: ¡Mira Ada, ya puedo caminar!
¿Cómo
describir los sentimientos que se produjeron en mí en ese momento? ¿Cómo
explicar con palabras, la alegría y la emoción que me embargaron? Son lecciones
de vida que nos ayudan a apreciar todo lo que tenemos y creemos normal. Casi
nunca nos percatamos de lo maravilloso que es poder andar, respirar o
simplemente sonreír…
Hace ya
algunos meses que terminé mi voluntariado, pero cada día intento hablar por
teléfono con aquellos niños. Tras establecer aquella relación de amistad tan bonita,
no voy a permitir que el paso tiempo, o la simple desidia, la disipe. Me llena
de felicidad poder escucharles decir: “Mañana recibo al fin mi último
tratamiento” o “Las pruebas de sangre ya me salieron perfectas”. Me siento tan
esperanzada al hablar con las familias y saber que todo va volviendo lentamente
a su lugar… que no sabría como describirlo con palabras.
Aprovechemos
al máximo el regalo que supone cada segundo de nuestra vida y, lo más importante,
seamos agradecidos por todas las capacidades que solemos considerar naturales pero
que, en realidad, son preciosos milagros.
AGRADECIMIENTOS
Antes de
terminar me gustaría agradecer, desde lo más profundo de mi ser, a todas las
personas que hicieron posible mi voluntariado en el Centro Médico Universitario
Rambam en la ciudad de Haifa, Israel; así como la redacción final y publicación
de este artículo. Gracias a su esfuerzo y perseverancia me ayudaron a
convertirme en una mejor persona y a poder dar al mundo lo mejor de mí,
siempre. A todos ellos, gracias.
Mis
agradecimientos más sinceros al Doctor Robert Stern, director de la Asociación
Médica Judía Rambam de España, quien con su fiel dedicación ayudó a que me
orientase y pudiera llegar a realizar este voluntariado con éxito. Fue su trabajo
persistente, el que hizo posible establecer el contacto como aspirante a
voluntaria con el Centro Médico Universitario Rambam en Haifa, así como el
aprendizaje de esta lección tan importante en mi vida.
Quiero agradecerle
de todo corazón a la Doctora Elena Krivoy, directora del Departamento de Psicología,
en el área de Hemato-Oncología en dicho centro médico, quien con su ternura y
paciencia me ayudó a encontrar un lugar donde alojarme durante el mes de mi
voluntariado, me acompañó durante la realización de todos los trámites legales
necesarios para mi admisión, me introdujo en el hospital para que me adaptara
fácilmente al entorno, me apoyó en los momentos más duros y me alentó a ver lo
mejor en cada situación. Sus consejos siempre quedarán grabados a fuego en mi
corazón.
Deseo
agradecerles a mis padres, Natán y Leah Jaya Israel, con infinito amor, por
haberme empujado a seguir adelante en aquellas ocasiones en que pensé equivocadamente
que era el momento de rendirme, por haberme transmitido el inmenso valor la
vida y como luchar para mantenerla, por haberme inculcado que, nunca y bajo
ningún concepto, hay que desistir en nuestros sueños; agradecerles por haberme
dado la vida y por haberme enseñado a aprovecharla al máximo; agradecerles por
estar siempre cerca, aún cuando físicamente estuvimos a miles de kilómetros de
distancia; por tener siempre un consejo adecuado que darme en cada momento mío de
desorientación… agradecerles por ser unos padres tan especiales. Han sido, son
y serán un ejemplo inspirador a seguir en mi vida y, por todo ello, les
agradezco desde lo más profundo de mi corazón.
Y, sobre
todo, agradecer a Di-s por seguir dándome cada amanecer la oportunidad de abrir
los ojos para vivir un nuevo día, por abrirme caminos inimaginable que antes me
habrían parecido imposibles, a fin de aprender, superarme y ser una mejor
persona; agradecerLe por darme el entendimiento para apreciar todo lo que tengo,
sin darlo nunca por hecho, y por tantos detalles que, aunque en ocasiones pasan
desapercibidos, hacen que mi vida sea tan maravillosa.
Sinceramente
quedo a su disposición desde la Tierra que mana leche y miel,
Ada
Hanna Pellicer Bisquert (adapebi@gmail.com)